Buenas familias,
Seguimos avanzando en estas primeras semanas, afianzando rutinas y encontrando poco a poco nuestra manera de funcionar como grupo. Como tuve oportunidad de contaros en nuestra reunión, autonomía, autoestima y autoconocimiento están muy presentes en este momento. Ser cada vez más capaces de desenvolverse por sí mismos, reconocer aquello que pueden hacer, descubrir también dónde necesitan ayuda y sentirse seguros para intentarlo son aprendizajes fundamentales en estas edades.

Y todo ello tiene una dimensión individual, pero también colectiva. Conocerse a uno mismo ayuda a encontrar el propio lugar dentro del grupo, a relacionarse con mayor seguridad, reconocer las diferencias, pedir y ofrecer ayuda y comprender que no todos necesitamos lo mismo ni hacemos las cosas de la misma manera. Seguimos, por tanto, construyendo autonomía personal mientras vamos construyendo también nuestra identidad como clase verde.
Poco a poco, la dinámica de la clase verde va tomando forma y hemos comenzado también muchos de los talleres y propuestas específicas que nos acompañarán a lo largo del curso. La lógica-matemática, la expresión artística, el desarrollo emocional, la promoción del lenguaje y los primeros procesos vinculados a la alfabetización van encontrando ya su espacio dentro de nuestra vida cotidiana. Diferentes lenguajes y diferentes maneras de aprender que iremos combinando a través del juego, la experimentación, la manipulación y propuestas cada vez más ajustadas a las necesidades e intereses del grupo.













También nuestra asamblea empieza a convertirse en algo más que ese momento en el que nos encontramos al comenzar el día. Las conversaciones se enriquecen, aparecen preguntas, pequeñas reflexiones, acuerdos, aprendizajes compartidos… y empieza a adquirir ese lugar tan importante que tendrá durante todo el curso en la vida de la clase verde. Pero sobre todo lo que ocurre allí, que es mucho más de lo que parece, os hablaré con calma en una próxima entrada.

Esta semana, sin embargo, quiero detenerme especialmente en una de las propuestas que hemos desarrollado dentro de nuestro taller de expresión artística: el autorretrato.
Esta semana hemos llevado ese “mirarnos a nosotros mismos” al terreno de la expresión artística a través del autorretrato.
Realizar un autorretrato es mucho más que dibujar una cara. Antes de representarnos necesitamos observarnos: reconocer nuestros rasgos, tomar conciencia de las diferentes partes del rostro, su posición y proporción y trasladar esa imagen que tenemos de nosotros mismos al papel. Entran en juego el esquema corporal, la percepción, la orientación espacial y la coordinación visomotriz, pero también algo mucho más personal: cómo me veo, qué rasgos reconozco como propios y cómo decido representarme.

Y esta vez hemos añadido un reto: la acuarela.
Es una técnica preciosa, pero nada sencilla a estas edades. La cantidad de agua, la intensidad del color o la presión del pincel modifican continuamente el resultado y obligan a ajustar nuestras acciones. Además, trabajar con ella requiere seguir y mantener una pequeña secuencia: mojar el pincel, controlar el exceso de agua, cargar suficiente pigmento, pintar y volver a comenzar.
Una sucesión aparentemente sencilla que supone un estupendo ejercicio para nuestras funciones ejecutivas. Necesitamos memoria de trabajo para recordar los pasos mientras estamos pintando; control inhibitorio para contener las ganas de actuar deprisa, cargar demasiado el pincel o saltarnos parte del proceso; atención y paciencia para sostener la tarea; y flexibilidad cognitiva para aceptar que el agua y el color no siempre hacen exactamente lo que habíamos imaginado y buscar otra manera de continuar cuando el resultado no es el esperado.



Y precisamente ahí aparece uno de los aprendizajes que más nos interesa: no todo tiene que salir bien a la primera. Aprender a detenerse, observar, modificar una acción, tolerar una pequeña frustración y volver a intentarlo también forma parte del proceso creativo y, sobre todo, del aprendizaje.
Nuestros autorretratos nos han permitido trabajar técnica, pensamiento, cuerpo y emoción en una misma propuesta. Y aunque todos hemos partido de una consigna común, el resultado no podía ser más personal: tantas maneras de mirarse y representarse como niños y niñas forman nuestra clase verde.

¡Gracias por vuestra asistencia a la reunión!
Esther Justicia