AUTORRETRATO

Partiendo de una foto personal, los alumnos de quinto han hecho un gran ejercicio en el encuadre y composición de su rostro. Han prestado atención a los ojos, las cejas, la nariz, la boca, los labios, el color de su piel y de su pelo.

Durante la realización del autorretrato surgieron muchas dudas sobre cómo hacer las diferentes partes del rostro. En esta edad, sienten la imperiosa necesidad de conseguir un dibujo lo más realista posible. Para poder ensayar, dedicamos la siguiente sesión a la ejecución  de  diferentes bocetos. Os muestro algunos de los trabajos que realizaron.

«Los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas; las cejas delgadas y alzadas; la nariz mediana; la boca pequeña; los dientes menudos y blancos; los labios, colorados y grosezuelos; el torno del rostro poco más luengo que redondo; […] La tez lisa, lustrosa; el cuero suyo oscurece la nieve, la color mezclada, cual ella la escogió para sí. «

La Celestina, Fernando de Rojas.

Ana Martín

AUTORRETRATO

En el grupo de segundo, para el diseño del autorretrato, realizamos una combinación entre la  prosopografía y la etopeya literaria.

Los rasgos físicos, la apariencia externa se resuelven mediante el dibujo; además, cada alumno añade debajo de su rostro, una descripción de sus rasgos psicológicos, su manera de ser, de actuar, sus gustos…

Indagamos de esta forma, en lo personal, en temas relacionados con la vida de los alumnos, en sus ideas o sentimientos sobre ellos mismos; y todo ello  en un intento de autoconocimiento.

-«Pienso en hacer lo correcto»- «Lo mío es sonreír»- «Lo que más me  gusta es estar con mi hermana y mis titas favoritas»-  «Soy nervioso» -«Me gusta ser buena»- «Me gusta quedarme sentado leyendo»- «Soy tranquilo y amable.»

«Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo….

 Minicuento “El Otro Yo”, Mario Benedetti

Ana Martín